21 sept 2012

AÚN QUEDAN PERSONAS 'DE CALIDAD'.

Supongo que esta entrada es un poco extraña, de esas que nadie quiere leer, pero supongo que tengo que decirlo. Más que sea para mí, para dejarlo en un rincón y poder releerlo, recordar que es cierto.

Algunos lo sabrán (creo que muy pocos porque no es algo que vaya soltando por ahí ni a mis amigos) pero mi abuela estaba enferma. Seis meses, dijeron hace más o menos ese tiempo, no mucho más. Algunos días sufría recaídas, pero tales momentos eran brevísimos, y desde que nos dijeron que le quedaba poco tiempo, poca gente podría haber dicho que así era. Seguía con su vida completa, completamente ajena a su enfermedad, pero consciente de ella, de cualquier modo. Siempre ha sido una persona cien por cien volcada a los demás. Odiarla es humanamente imposible. Hasta el domingo pasado estuvo cosiendo unas telas para la iglesia y recogiendo a mis primos pequeños del colegio por el mediodía. Yo misma fui a visitarle el sábado por la tarde y volví a casa pensando que hacía tiempo que no la veía tan bien. La calma que precede a la tempestad, supongo.

Martes por el mediodía llamó a mi tío, que vive en Zaragoza, por teléfono para contarle que se cancelaba una comida que teníamos este sábado, porque ella no iba a encontrarse muy bien. Cuando mi tío preguntó si quería que viniese a mi ciudad desde Zaragoza, mi abuela contestó que no hacía falta, que no iba a decirle que estaba bien bien, pero 'tampoco estaba tan mal'. Esa misma tarde empeoró, se tumbó y ya no volvió a levantarse. Por lo visto fue el cura a hacerle la unción de enfermos, y el notario y todo eso, pero tampoco sé bien qué pasó. Yo no me enteré. Lo único que sé es que el miércoles 19 mi padre me dijo al volver de clase que la abuela estaba mal, y que fuese a visitarla esa tarde. No me importó en absoluto, porque ya había quedado esa tarde con ella para enseñarle a utilizar skype, para que cuando mi prima se fuese a Australia el 7 de noviembre (justamente ese mismo día, el 19, volvía a mi ciudad desde Londres) pudiesen hablar. Supongo que no se me ocurrió pensar que 'mal' fuese 'tan mal'. No podéis imaginaros cómo me quedé al enterarme al llegar a casa de mis abuelos que el médico había dicho que si tenía familia fuera viniese ese mismo día (mi tío bajó desde Zaragoza volando, y mi prima justo ese día debía volver, así que hubo 'suerte'), y que desde luego no iba a poder ponerme a enseñar informática a mi abuela, porque estaba tumbada y apenas podía moverse. No tenía ninguna lógica. No hacía ni veinticuatro horas que había estado bien, y de repente estaba muriéndose. Tal cual. Me quedé con mi abuelo dos horas, y con mis tíos y las otras personas que pasaban por la casa. Me despedí. Luego vino mi padre y volvimos a casa.

Por lo visto a la mañana siguiente, mientras yo estaba en clase, murió, justo ayer, jueves 20. Casualmente anteayer, el miércoles 19, hacía quince años que mi primo murió por un accidente jugando a fútbol. De mi familia paterna, desde que yo tengo memoria, nunca nadie había muerto, a excepción de ellos dos, uno 19 y otra 20 de septiembre, muy curioso, pero sabéis de sobra que sólo creo en la casualidad, no en el destino.

De cualquier modo, nadie me lo dijo.

Fui a comer a casa y el ambiente estaba sombrío, pero lo atribuí a todo lo que estaba a punto de pasar, no a algo que ya hubiese pasado. Mi padre vino a las cuatro de la tarde a recoger a mi madre (para irse al tanatorio, pero nadie me lo especificó y no lo pensé por mi cuenta) y me dijo que mi abuelo iba a quedarse toda la tarde en casa, que estaría bien que fuésemos allí. No me importó, dado que ya tenía pensado hacerlo. De nuevo, nadie me dijo nada. Indirectas, claro, pero no había motivo suficiente como para que yo tuviese que pensar que ya había muerto.

De ese modo, cuando mi primo me llamó por teléfono para ver si podía ir ya a casa de mis abuelos, poco antes de las seis de la tarde, y me di cuenta de que en su proposición había casi una petición, esos ‘te necesito’ no formulados que los verdaderos amigos, casi hermanos, terminamos por entender incluso a través del hilo telefónico, así que no tardé en llegar. Durante todo el camino estuve escuchando McFly, como llevo haciendo sólo toda la semana, pensando qué haría si mi abuela se moría mientras estaba yo en la casa, más que nada por mi abuelo. Tendríais que haber visto mi cara cuando entré a casa de mis abuelos y vi que la cama donde ella había estado tumbada el día anterior (que se ve nada más entrar) estaba desmontada, sin colchón.

Mi padre tendría que habérmelo dicho claramente. Sé que jamás podré echarle en cara que no lo hiciera directamente, pero no podéis ni imaginaros lo indefensa que me sentí en ese momento. Ni una lágrima, ni un comentario. Delante de mi abuelo y de mi primo actué como si ya lo supiera desde hacía horas, como realmente tendría que haber sido, porque lo último que tenía que permitir es que ellos me consolaran, en especial mi abuelo. Al contrario, era mi responsabilidad cuidar yo de él, preguntarle cómo estaba, a pesar de que no hacía ni un par de segundos que me había enterado de que una de las personas que más quiero y querré, más dignas de admiración del mundo, había muerto. Fue frustrante. Actué bárbaramente.

A partir de entonces llegaron el resto de mis primos, poco a poco, llenando la casa de mis abuelos. Cuando mis tíos segundos vinieron desde Alicante para dar el pésame y todas esas mierdas, y visitar a su tío (mi abuelo) se quedaron alucinados del despliegue de gente que había allí. Los primos, unidos, cuidando de mi abuelo, mientras mis tíos segundos se despedían con un ‘tío, qué bien acompañado que te dejamos’. Nuestros padres estaban la mayoría en el tanatorio, y cuando mis primos subieron también, preferí quedarme con mi abuelo, para no dejarlo solo. Pero eso ya no importa, lo más trascendental es hoy, el día del entierro.

Como ya he dicho anteriormente, pocas personas merecen más amor y admiración que mi abuela. La misa se ha hecho esta mañana, a las 11:30, literalmente, ‘porque es una hora laboral y así no irá tanta gente’. Bien sabían ya mis tíos y los párrocos que si fuese todo el mundo que quería, no cabríamos.

Deberíais haber estado allí (bueno, no, pero bueno). Se ha ‘celebrado’ en la iglesia más grande de mi ciudad, aunque desde luego no es una catedral, y estaba tan llena de gente que habían personas de pie al fondo. He ido a muchos entierros, bodas, comuniones y bautizos, pero nunca jamás había visto algo como aquello. A mi abuela, la persona más humilde y sencilla que conozco, han ido a despedirla cientos de personas, personas que habían hecho un esfuerzo por acudir a una hora tan extraña para poderse despedir de ella. Nueve curas. Nueve curas presidían la misa. Nunca jamás lo había visto. Y casi todos con lágrimas en los ojos. Ninguno quería ceder a otro aquella misa tan importante. Nunca había visto una iglesia tan llena, de gente de todas las edades y todos los tipos, para decir adiós a mi abuela. Y no ha sido una misa de entierro normal, donde el padre siempre comenta algunas palabras sobre el muerto (siento si ofendo a alguien, pero detesto la palabra ‘fallecido’, las cosas se dicen tal y como son). Veinte minutos ha estado el cura al que le ha tocado hablar sobre ella exponiendo sus condolencias, admirando todos los aspectos de la vida de mi abuela, recordando cualquier anécdota que demostraba lo increíble que es mi abuela, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, valiente y honrada, sencilla y luchadora en su vida y enfermedad, enfermedad que casi nadie notó de pura elegancia. Mi vecina, dos tías mías por parte materna, profesores… (ya he dicho que ha ido mucha gente) al salir han dicho que jamás habían ido a un entierro tan emotivo y tan precioso. Porque todas las palabras que se han dicho no eran por ‘quedar bien’, porque ‘toca decirlas’, sino que salían realmente del corazón de los presentes. Uno de esos pocos entierros a los que la gente no va por compromiso porque es el vecino del hijo del muerto, sino porque de verdad quería a mi abuela. Os lo digo en serio, no creo que jamás vuelva a ir a una celebración tan increíble y memorable como aquella, a pesar de que no sea algo bonito como una boda o un bautizo, digno de alegría. La gente ha salido llorando de ver la absoluta unidad con la que lo hemos afrontado la familia, la compostura y el apoyo total. No lo digo para parecer una película americana pastelona, ni por presumir ni nada, porque si creéis que hoy es uno de esos días en los que me apetece chulearme, no me conocéis en absoluto. Si el día del entierro de mi abuela puedo juraros que la gente se ha emocionado al vernos a toda la familia afrontando esto juntos (y somos muchos, más de treinta, normalmente este tipo de familias tan grandes están divididas), como amigos que somos, podéis creerme.

¿Y después? Varios se han ido a incinerar a mi abuela. Yo por mi parte he creído que mi papel hoy no era quedarme plantada esperando unas cenizas, sino pasar el tiempo con mis primos pequeños. ¿Y después de eso? Una locura fuera de lugar, de esas que hacemos a menudo. ¿Vamos a llorar cada uno a su casa después de un entierro de la persona que más queremos, como viene siendo normal, cada uno en su intimidad? No, los S. (no voy a escribir mi apellido) no hacemos esas cosas, hemos cogido los coches y nos hemos plantado en un restaurante que hay al lado de una carretera, organizando una comida familiar improvisada. Y nos hemos reído. Vaya si nos hemos podido reír hoy. Somos una panda de payasos llenos de humor. Hemos jugado, cantado, gritado, contado chistes, hecho honor ‘a nuestra raza’, bromeado, abrazado al abuelo, comido paella, matado avispas, tomado café solo sin azúcar como siempre hemos hechos los S… Nos lo hemos pasado bien. Tremendamente bien. Y hemos recordado a nuestra abuela con toda la fuerza de la que somos capaces. Y lagrimitas aparte nos hemos dado cuenta de que ella es cabeza de algo tan alucinante como nuestra familia. Porque sí, somos especiales, estamos más allá de muchas cosas, aunque esa frase tenga regusto a prepotencia. Las cosas las afrontamos juntos, y con buen humor. Y el camarero se ha quedado alucinado al enterarse de que apenas hacía una hora que veníamos de un entierro tremendamente importante, nos ha mirado plantado, ha sonreído extraña y sinceramente y sólo ha podido decir: ‘Ustedes son la familia más increíble que he visto nunca’. Y de nuevo, ese regusto a prepotencia.

Porque ha sido hoy, en uno de los peores días de mi vida, cuando se ha demostrado de qué pasta está hecha la gente, y a qué está dispuesta a enfrentarse. Juntos, a pesar de las adversidades. Y con ese buen humor tan genuino, pero no como si nada hubiese pasado, sino teniendo en cada segundo presente a una persona tan importante como mi abuela, introduciéndola en cada conversación alocada. Qué rápido pueden cicatrizar heridas tan recientes si tienes la medicina adecuada. Y qué a gusto se siente uno cuando sabe que es medicina de otros. No es olvidar rápidamente, pasar página. Es percatarse de que lo más importante es que estamos unidos, y que ahora es el turno de cuidar de nuestro abuelo, de hacerlo feliz a él con nuestra felicidad. Porque si algo tenemos en común es que queremos con todo nuestro ser a mi abuela, que pensamos que es uno de los seres más maravillosos que la vida ha tenido el placer de acompañar. Y que tenía que morir, tarde o temprano, y el dolor no tiene porqué ser sinónimo de depresión, sino agradecimiento por haber podido conocerla y aprender de ella, conscientes de que nunca la podremos olvidar.

Hoy ha sido uno de los peores días de mi vida. Pero imaginad lo bueno que ha sido también como para que tenga humor de escribir en un blog, aunque nadie vaya a leerlo. Y aunque sea deprimente pensar que hay miles de cosas que no conseguí contarle a mi abuela, no puedo dejar de pensar que, en cierto modo, ella ya las sabía. 

3 comentarios:

  1. Joder tía, me la he leído de cabo a rabo y me ha hecho llorar. Es increíble que tengas una familia tan unida, de esas que ya apenas se encuentran, y tu abuela debió de ser una persona realmente increíble para que todo el mundo la quiera así. Aunque quede fatal decir esto, envidio sinceramente esa unidad familiar que tienes, que muchos querríamos y no tenemos.

    ResponderEliminar
  2. Nina J. Parker21/9/12, 18:26

    Se me han caído las lágrimas, de verdad. Mucha fuerza, que debes estar pasando por un momento bastante duro, y fuerza para tu familia. Que se podrá haber ido en persona, pero ella sigue con ustedes. Dedse arriba debe estar orgullosa de la gran familia que tiene.

    ResponderEliminar